Marta, de 34 años, trabajó durante años como dependienta antes de convertirse, más recientemente, en técnico junior de una sala de juegos. Su historia de sobreendeudamiento no nace de un consumo irresponsable, sino de una circunstancia que cualquiera podría vivir: el cuidado de un familiar enfermo.
Una crisis que empezó por amor, no por descontrol
Durante tres años, Marta dejó de trabajar para cuidar a su padre, gravemente enfermo. Sin ingresos propios, la familia dependía de la pensión de él, hasta que el banco comenzó a retenerla, dejándolos sin liquidez. Para cubrir gastos básicos, Marta empezó a pedir préstamos y tarjetas de crédito a partir de 2015. Cuando la entidad bancaria le concentró de golpe todo el crédito disponible en un solo mes, la situación se volvió insostenible: en 2019 ya no podía hacer frente a los pagos.
La deuda se acumuló entre varias entidades
Cuando llegó a nuestro despacho, Marta arrastraba deudas con siete acreedores distintos —Hacienda, una entidad de recobro, un banco, financieras de tarjetas y de consumo—, que sumaban un total de 27.555,19 €. Una de las deudas ya estaba reclamada judicialmente. Marta no tenía ni vivienda ni vehículo a su nombre: no había patrimonio que ejecutar, solo un sueldo que apenas cubría el alquiler, el transporte y los gastos ordinarios.
La solución: Ley de Segunda Oportunidad
Nuestro equipo analizó su situación y confirmó que Marta cumplía todos los requisitos para acogerse a la Ley de Segunda Oportunidad (LSO): buena fe, imposibilidad real de pago y ausencia de patrimonio embargable. Preparamos y presentamos el expediente completo —memoria expresiva, relación de acreedores y documentación acreditativa— ante el juzgado.
El resultado
El procedimiento concluyó con la exoneración total de sus 27.555,19 € de deuda. Marta pudo, por fin, cerrar una etapa marcada por una circunstancia familiar excepcional y empezar de nuevo sin la losa de unas deudas que nunca dejaron de crecer mientras cuidaba de su padre.